La muerte de un ensayista

Por José Luis Lavarino Mendoza

He sido asesinado tras escribir este ensayo. No deseo, de ninguna forma, que el lector se compadezca de este hecho mientras lee el texto, porque de lo contrario se hablará sólo del mismo como un recordatorio de mi muerte y no por su propio valor, si es que se logra encontrar alguno en él. 

Cuando Thomas de Quincey escribe El asesinato considerado como una de las bellas artes en 1827, queda más que claro por la forma en la cual ejercita su pluma, que busca quedar exento de las opiniones que la sociedad de aficionados compartían entre ellos; un conjunto de gentlemen se regocijaban hablando del carácter estético de los homicidios, o el relato de estos. Para muchos, la actitud de Quincey carece de sentido común: habla de un tema con varias consecuencias éticas, morales y lo que hoy en día llamamos políticamente incorrecto, sin quedar comprometido con las ideas que expone; después de todo, a nadie le gustaría ser rechazado en una entrevista o perder su empleo sólo por una opinión poco ajustada a las conductas de la época.

Pero este ensayo no puede darse tales lujos, no puedo recurrir a sapos, ranas o cualquier otro anfibio. De ninguna forma tengo el dinero, o tiempo, de ir al doctor para confirmar mi salud, o procurarme el uso de opio, para tratar de desviar la mirada de los asesinos como hizo el mismo Quincey.  Las letras claman ser plasmadas y son aún audibles a través de mis audífonos; piden con cada teclear que tome responsabilidad.  

Si pensara que el homicidio no es una de las bellas artes este ensayo no tendría sentido, la sensibilidad parece sucumbir ante el espectáculo estético del mismo, dejándonos conscientes de nuestra finitud, que nosotros podríamos ser los próximos en aparecer degollados en un callejón, destripados en un bosque o envenenados en nuestras propias habitaciones eso nos aterra, nos preocupa y queremos levantar nuestra mano y señalar tan aborrecible acto como algo malo, queremos juzgar de forma moral el homicidio, una vez que ocurrió y sin poder hacer nada al respecto, cuando solo es en verdad la muerte la que nos incomoda. 

Pero a veces es necesario dar un paso atrás, despegarnos de nosotros mismos y contemplar tan sublime acto como una obra de arte, o no, algo aún mejor, la misma idea de arte. Imaginemos a un pintor, a un escritor, o cualquiera que se le pueda considerar un artesano de las bellas artes que un día, caminando por un bosque, un callejón o entrando a su habitación, encontrará ahí un cadáver, pero no cualquier cadáver, sino aquel de un homicidio, y que la escena fuera tal que el artesano decidiese componer un waltz, o pintar un cuadro, o escribir una novela en la cual el principal foco de atención fuese ese homicidio… ¿Acaso eso le restaba belleza a las obras de los artesanos? Si hoy descubriéramos que Dostoievski vio a Aliona tras ser asesinada en su apartamento, que Eurípides encontró el cuerpo sin vida de Clitemnestra tras su matricidio, que Géricault se topó con gente mutilada, ¿acaso eso le quitaría valor a la obra? Sería justo decir que aquello no es agradable o que nos incomoda tal vez, incluso que no sabemos apreciarlo, pero no por ello significa que aquello no tiene un valor estético más vivo que la persona a la cual debemos tal espectáculo. 

Hasta ahora me he referido a estos artistas como artesanos, pequeños demiurgos de su realidad, capaces de contemplar lo bello y tratar de hacer algo con ello. Es claro que no todos verán igual un cuadro, leerán una novela o se deleitarán con un soneto, pero eso es algo que escapa de lo que puede hacer el artesano. Shakespeare no espera que Julio César sea nuestra obra favorita ni está dispuesto a romperle las piernas al que no sepa apreciarla y hay una razón para ello, o al menos es lo que imagino, y es el saber que siempre habrá gente con mal gusto, o bien, gente que no pueda darse cuenta de lo bello de la obra. Si tienen un poco de sentido común y saben que al arte no debemos juzgarlo de forma moral sólo porque podemos; entonces podrán, tal vez, saber para dónde va este ensayo, no porque no nos guste la obra de nuestro demiurgo de preferencia eso significa que su Mundo de las Ideas tampoco. Lo sé, a mi tampoco me gustan las analogías platónicas, pero me parece que son las más fáciles de entender, al menos para cualquier intelectual o desquiciado que aún siga leyendo esto.

Retomando a Shakespeare, cuando Julio César es asesinado, no sólo es asesinado, sino que lo apuñala varias veces gente en la que confiaba, pero lo más importante es la utilería detrás.  De la misma forma en que el homicidio no sólo es una persona que murió al ser asesinada y menos aún cuando lo consideramos como la obra de arte que es; siempre hay una narrativa detrás, una serie de personajes y objetos que, en su conjunto, forman la escena. Muchas veces los artesanos se exaltan ornamentando estas escenas porque creen que no hay una razón de fondo que valga la pena, pero sin eso que creen tan poco interesante no tendríamos obras maestras. Me corrijo en esa última parte: copias maestras,pero, ¿hay aquí una disertación de la copia? No, en lo absoluto, un buen artesano sabe respetar la belleza que tiene frente a él y cree que lo que está haciendo es una glorificación de lo que ya está glorificado; el asesinato lo eleva a tal punto que sólo unos pocos pueden darse cuenta de ello. Aquellos buenos artesanos son los que intentan propagar esa belleza en copias de la forma más exacta; teniendo en cuenta siempre sus limitaciones, claro está.

El problema es cuando no se respeta la idea que el artesano imita; un ejemplo de esto seria el infameEdgar Allan Poe, quien un día, perdido bajó unas escaleras  y vio a una persona partida a la mitad por un péndulo, es muy probable que haya sentido intriga por el hecho como cualquier buen artesano, pero el problema es que en su cabeza el desenlace contrario habría sido más interesante, las razones de esto aún atormentan a muchos como yo. Aquí, el artesano pensó que su copia sería mejor y para siempre eliminó la posibilidad de que la belleza de lo que se encontraba en ese sótano conociera el mundo. En este caso, algunos podrían alegar que es más satisfactorio el que protagonista escapa y termina siendo salvado por los franceses, pero ¿qué dice eso del asesinado? ¿La muerte del pobre desdichado no fue bella? ¿Qué del asesino? ¿Su trabajo no fue relevante? ¿El péndulo no fue suficiente? 

Quincey dirá en su ensayo, en el cual a estas alturas, espero, mínimo haya sido ojeado, que hay tres prerrequisitos a considerar antes de un asesinato, pero yo  contesto: ¡¿quién dice que es mejor pintar sobre tela que sobre papel?!  ¡¿componer un waltz para un acompañamiento que sólo para piano?! Dudo mucho que cuando Kesey fue al psiquiatra y encontró a McMurphy muerto pensó que su muerte no cumplía los requisitos necesarios tan sólo por haber muerto asfixiado con una almohada tras una lobotomía. Entonces, no existiría una de las obras más relevantes de los años sesenta respecto al problema de las instituciones psiquiátricas. Una vez que ocurre un asesinato por más o menos meticuloso que este sea, nuestros ojos no deberían de ser capaces de despegarse de él. Pocas personas podrán darse el lujo de decidir en cada uno de los aspectos de su vida exactamente 

lo que quieren; por lo tanto, siempre debe uno tratar de hacer lo mejor que puede con lo que tiene y estas palabras deberían de ser aún más ciertas para el arte. A todos aquellos inconformes con estas palabras les pido, que si los homicidios de los que he hablado y tantos otros con los que podría ejemplificar este ensayo no les parecen bellos; por favor, salgan a las calles y hagan suyo este arte bajo sus propios términos.

Por otro lado, Quincey hizo un mejor esfuerzo por esconderse entre sus palabras y dar por monstruos a todos los que comparten esta idea, él tuvo razón en algo, es muy probable que por ello intentara evitar su asesinato.  Eso es que la muerte natural y el homicidio son dos cosas totalmente diferentes, pero no en el sentido en el que él creería, me parece claro que un asesinato siempre tendrá mayor valor estético y esto se debe a que nadie asesina sólo por asesinar o bien, nadie hace verdaderamente arte por el arte, siempre existe una finalidad, un método, una ponderación previa al hecho. Ver un asesinato es ver realizado el esfuerzo de alguien; su visión. Claro que no todos los asesinatos son igual de bellos, pero siempre habrá algo para cada uno, probablemente Baudelaire o Wilde habrían hecho algo hermoso con el hombre del péndulo, es por ello que el homicidio es un arte, porque este no es para todos pero a su vez puede ser interpretado de formas infinitas por cualquier persona, aún sin el conocimiento necesario y sólo usando las categorías que conoce. 

La belleza del asesinato está presente no sólo en el homicidio, sino en ser capaz de apreciar lo que éste significa. La belleza de la muerte de alguien no debe de ser moralizada cuando sólo tenemos el homicidio frente a nosotros porque, en ese momento, no existe nada que podamos hacer. Es válido interpretar y tratar de transmitir su belleza,inventar una narrativa para hacer sentir más cómodos a los otros, tal vez darle un sentido más allá de lo que la gente común hace y no por ser incomprendido demeritarle o tacharle como algo negativo. 

Al leer este último párrafo espero que te hayas olvidado de mi muerte, porque de lo contrario, este ensayo no era para ti y lamento que hayas perdido tu tiempo leyéndolo como yo perdí mi vida escribiéndolo.

El motivo de este ensayo es presentar un esbozo de seguimiento a una idea que presenta Thomas de Quincey. Fungiendo como “abogado del diablo” en un tema tan sensible actualmente, bajo ninguna circunstancia me gustaría imaginar que el contenido de este ensayo sea tomando de forma literal, dado que es sólo un ejercicio de la pluma.

—J.L.L.M.

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