Lo que ahí vio (Parte I)

Por María Gómez Abularach

El gigante Groff era, sin lugar a dudas, el miembro más amado de su comunidad. Su pasión más grande era ayudar a otros gigantes y disfrutar de su compañía, lo cual lo hacía la persona favorita de todos. Groff era carismático, divertido y talentoso; su segunda pasión más grande era entretener a los invitados que nunca faltaban en su castillo, para lo cual era el gigante perfecto: su voz era hermosa y su presencia en el escenario eran inigualables. 

Aunque no se necesita mucho más para ser amado por las multitudes, Groff además era el gigante más atento. Tenía los medios para cuidar de su aldea, y lo hacía mejor que nadie: se había encargado de proporcionarle trabajo en su castillo a todos los gigantes que no tuvieran uno, y había construido escuelas para que todos los niños gigantes pudieran estudiar. En su aldea no existían animales callejeros, pues Groff los había adoptado a todos, y el jardín de su castillo estaba abierto para cualquiera que necesitara pasar el rato ahí. Su oído siempre estaba abierto para escuchar los pesares de sus amigos, su boca siempre proporcionaba los mejores consejos y sus manos ayudaban invariablemente a todo aquél que lo necesitara. Casi todos los días su castillo era punto de reunión para las fiestas más espléndidas de la comunidad, que parecían infinitamente variadas. Por supuesto, no todas las fiestas eran bailes extravagantes para los cuales es necesaria mucha producción, pero la casa de Groff nunca se encontraba vacía. Él había perfeccionado los artes de la hospitalidad y la celebración a tal grado que nadie se aburría de ir a sus reuniones día tras día. Groff se encargaba de variar el tema, el humor y el propósito del evento lo suficiente para que sus invitados vivieran una experiencia placentera siempre que cruzaran las puertas del lugar. No importaba si tomaban champaña o té, si iban para bailar o para desayunar, los invitados de Groff nunca quedaban insatisfechos.

Incluso el arte que producía era un regalo para quienes lo rodeaban. Su voz era tan poderosa que podía ser escuchada por toda la comunidad independientemente del lugar donde estuvieran, pero, de ser necesario, un bebé caería rendido en los brazos de cualquiera si Groff lo arrullaba. Sus obras eran motivo del más grande alboroto en la aldea, pues como requerían una cantidad exorbitante de trabajo, eran muy escasas. Justo hoy era uno de esos días en los que la fortuna le había sonreído a la comunidad de gigantes, pues Groff acababa de presentar una obra tan bella como asombrosa, donde se relataba el famoso conflicto entre hombres y gigantes que había durado más de mil años, finalizado solo por la reclusión y exilio total de los gigantes. 

En la obra de Groff, un joven gigante con mucha esperanza consideraba que era tiempo de hacer las paces con los hombres de manera definitiva y oficial, pues ya había pasado tanto tiempo que en realidad ninguno de los individuos actuales de las dos razas había vivido la fatal guerra, y sus rencores eran solo memorias de sus antepasados. Su obra, como todo lo que Groff hacía, tuvo un final feliz.

Al terminar la obra, Groff dio un festín para festejar. Todos sus amigos aclamaron a la historia y a su autor, y muchos se lamentaron de que ésta no fuera real; vivir escondidos de los humanos era en realidad bastante incómodo. Fue a Dordus, el más simplón y brillante de ellos, al que se le ocurrió la grandiosa idea:

—Groff, ¿por qué no vas tú a hacer las paces con los humanos? Eres el más inteligente y bueno de todos, y siempre has sabido resolver conflictos.

—¡Claro, qué buena idea! Si lo imaginaste así seguramente es porque podría pasar —, dijo Murt, que siempre se emocionaba cuando Groff hacía algo fuera de lo normal.

Más comentarios del tipo siguieron, pues todos se emocionaron mucho ante la idea. Groff, sin embargo, por primera vez tuvo que fingir una sonrisa ante sus invitados. Todos sabían lo crueles e insensatos que podían ser los humanos; Groff estaba consciente de que, incluso después de años sin enfrentamiento, los hombres le temen a lo que no entienden, y cuando le temen a algo, lo atacan. Groff sería algo que no entenderían. Los amigos de Groff parecían no estar tan al tanto de esto como él, pues seguían exclamando, entusiasmados, a favor de la propuesta. Groff pudo haber matado a Dordus por su imprudencia, pero prefirió serenarse. 

—No sé qué tan buena idea sea, recuerden que los Tres Reyes Magos aún gobiernan sobre los humanos —, dijo Guan, la más sensata de todos los amigos de Groff. Él le sonrió sinceramente, pues apreciaba su intento de disuadir a los demás.

En la obra de Groff, los Tres Reyes Magos eran retirados del poder por sus propios súbditos una vez que el protagonista los convencía de hacer las paces con los gigantes. En la vida real, sin embargo, eso no sería tan sencillo. Los Tres Reyes Magos eran tres hombres tan viejos como la raza humana misma, magos que durante su vida natural cometieron los crímenes más atroces de la historia y fueron condenados por la Naturaleza a vivir para siempre sin su magia, obligados a reflexionar sobre sus acciones e inevitablemente ganar sabiduría con el paso del tiempo. Esta sabiduría los forzaba a reconocer la maldad en sus actos y a lidiar con ella todos los días. Su condena era convivir con su pasado y con su mente, conociendo cada rincón de ésta.

No podría decirse que habían dejado su maldad atrás, pues apenas habían pasado unos cuantos miles de años desde su condena, y aunque ese era tiempo suficiente para que el resto de la humanidad olvidara sus acciones, en realidad esas manchas toman una eternidad para borrarse. Los Tres Reyes Magos habían dejado de cometer atrocidades porque solo generaban más dolor para sí mismos, la guerra con los gigantes había sido la última mala decisión que habían tomado, pero nadie diría que estaban reformados. A Groff le aterraba enfrentarse a ellos porque no tenía noticia de sus últimas acciones, y no sabía que hoy en día eran más indiferentes que malvados.

 Aunque Guan intentó que los otros gigantes dejaran de festejar un plan tan peligroso, fueron las palabras de Dordus las que finalizaron la discusión:

—Todos sabemos que los hombres son crueles y tontos, pero no podemos culparlos: ellos no tienen magia. Es nuestro deber como criaturas mágicas asesorarlos y enseñarles a cómo vivir en conjunto con la magia natural. Somos embajadores de la Naturaleza y tú eres nuestro miembro más respetado y amado, Groff. ¿No te corresponde a ti, en representación de nosotros, hablar con la raza humana para que nos vean como una especie amiga y maestra, y no como monstruos que hay que destruir? —a Groff se le ocurrió en ese momento, con un jalón de tripas, que Dordus en realidad no era tan simplón como Groff había asumido.

—La paz se ha tardado demasiado, Groff. Tal vez, después de todo, Dordus tenga razón. Tú mismo fuiste el de la idea, ¿no? —con sorpresa Groff descubrió que Guan no era tan sensata como creía, tampoco. ¿Acaso Groff conocía a uno solo de sus amigos?

En todo este tiempo Groff no dijo nada, y así continuó incluso cuando se despidió de toda su comunidad, itacate en mano, para partir hacia el reino de los humanos. Nunca dejó de sonreír, pero se sentía tan incómodo que no dijo ni siquiera una palabra de despedida. No sentía miedomiedo, después de todo era El Gran Gigante Groff, pero tampoco quería cumplir esta misión que, de una u otra manera, él solito se había impuesto. Jamás había salido de su aldea, que conocía mucho mejor que a sí mismo. Durante toda su vida se había dedicado a conocer los gustos y disgustos de todos sus compañeros, sus angustias y alegrías, sus necesidades y carencias, para siempre poder ayudarlos y brindarles la atención que necesitaba. Jamás se había detenido a pensar qué habría más allá y qué significaba para él. Su aldea era todo lo que le había importado, y ahora su aldea lo mandaba lejos. ¿Qué significaba, y por qué había decidido ir? Bueno, pues había decidido ir porque no tenía de otra: era El Gran Gigante Groff, Protector de los Gigantes, y lo que su comunidad necesitaba, él hacía. Y lo habían mandado lejos porque consideraban que su protección debería abarcar a todavía más comunidades, así de buenoera en lo que hacía.

Este último pensamiento le gustó tanto que le fue dando vueltas durante todo el camino. Se hizo a la idea de que los humanos lo necesitaban, aunque ellos no lo supieran, y que vencer a unos cuantos magos malignos no era un mal precio que pagar por la liberación de toda una especie. Cuando llegó a la ciudad humana cargaba con un excelente buen humor; ni siquiera se desalentó cuando decenas de humanos huyeron de él gritando, pues nunca habían visto a un gigante y lo encontraron aterrador.

—¡Vengo en paz! ¡Tan solo quiero hablar! — gritó, pero apenas terminaba de emitir sonido cuando perdió la consciencia y su cuerpo cayó sobre el campo como si fuera un árbol de cientos de años, haciendo retumbar los suelos y todo aquel que se encontrara cerca.

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