Lo que ahí vio (Parte II)

Por María Gómez Abularach

Despertó con una sensación de frío en el lado derecho de la cara. Cuando abrió los ojos notó que estaba recostado sobre un piso de piedra helado, al pie de unos imponentes escalones del mismo material. Le costaba moverse, como si tuviera una resaca, pero eventualmente pudo levantar los ojos y con ellos la cabeza. Vio sentados sobre imponentes tronos de oscuro roble a los que sin lugar a dudas eran los Tres Reyes Magos. A Groff le sorprendió ver que el mago sentado en el medio era, en realidad, una bruja. Eran tan viejos que no parecían humanos, con la piel como de pergamino y los largos cabellos como pelusas que podrían deshacerse en cualquier momento; lo único que distinguía su género era su vestimenta, pues las caras de todo estaban tan desfiguradas por las arrugas que no había rasgos distintivos que los diferenciaran. Groff sintió un miedo helado en su corazón al contemplar a las terribles criaturas, tan alejadas del curso normal de la naturaleza que su existencia misma era una abominación. De repente Groff ya no tenía ganas de salvar a la humanidad, y deseó haber protestado contra sus amigos y estar recostado sobre su piso calentito de madera, no sobre esta helada arquitectura humana. 

  • Ponte de pie, Groff, Protector de los Guardianes, que estás ante la presencia de los Reyes de la Magia Humana —quien habló fue la mujer, pero su voz no parecía ir de acuerdo con su anatomía. Groff se paró inmediatamente, todavía con los tímpanos helados y la piel de gallina a causa de la sombría y tersa voz aguda. — Te conocemos, Groff, y vemos quién eres, vemos por qué crees que estás aquí. 
  • Te esperábamos, Groff —el mago de la derecha sonrió y con trabajo mostró sus dientes negros y amarillos, con una voz casi tan escalofriante como la de la bruja, pero más grave—, sabemos que eres excelente proporcionando entretenimiento.
  • Hace mucho que no tenemos visitas, menos a alguien tan importante como tú —cuando el tercer mago habló, Groff ya había descubierto que no podían moverse mucho, su cuerpo era demasiado débil. Esto lo consoló un poco, pues al menos sería fácil utilizar la fuerza contra ellos para escapar.
  • ¿Tan fácil te das por vencido, Groff? Ni siquiera has intentado vencernos para liberar a los hombres, ¿y ya te quieres ir? —la bruja rio tan agudamente que a Groff se le heló la sangre. ¿Podían leer su mente?
  • Claro que estamos en tu mente, Groff. Parece que el único que no está ahí dentro eres tú, ¿has visto el desorden? —intervino el mago de la izquierda.
  • Si quieres luchar contra nosotros tienes que ordenar tu mente, Groff. Como entenderás, nuestras peleas no son físicas —el mago de la derecha hizo un ademán para señalar su decadente cuerpo, pero el puro movimiento dificultoso del brazo dejó el punto en claro.
  • Es bastante lamentable el estado de las cosas ahí dentro, Groff. Eres demasiado grande. ¿Te has dado cuenta?

Groff no entendía nada de lo que la bruja estaba diciendo. Sabía que debía hablar, pero no sabía qué decir, y no sabía cómo hacerlo sin que los magos lo escucharan primero en su mente. Vio cómo la bruja empezaba a hacer un comentario, pero no podía soportar esa voz. Decidió actuar en vez de pensar, y se lanzó sobre los escalones con la intención de callar a la bruja. Actuando de manera instintiva logró esquivar un hechizo proveniente del lado derecho, lo cual es extremadamente difícil porque la magia no se ve, solo se siente. A Groff lo satisfizo tanto el éxito de su maniobra que perdió la concentración y empezó a pensar otra vez. Los magos ni siquiera tuvieron que escuchar su siguiente pensamiento para detenerlo, porque él no fue capaz de percibir el hechizo que tan fácilmente lo atrapó. Groff se elevó en el aire con sus extremidades constreñidas como por cuerdas invisibles. Sentía cómo éstas apretaban sus muñecas ocasionando heridas y dolor, pero no había nada material que lo aprisionara. 

  • Como decía, Groff, nuestras peleas no son físicas —dijo el mago de la derecha, haciendo ademanes trabajosos una vez más, como si Groff ni se hubiera movido. 

A estas alturas estaba tan asustado que ya ni siquiera recordaba su antigua vida, a sus amigos, su castillo de madera o su misión. Ni siquiera le importaba quién era, no podría recordarlo, lo único que importaba era liberarse de esta fuerza tan cruel que lo contenía; Groff era un ser mágico, pero esto que lo torturaba no era magia. La magia era buena, pura y natural. Esta fuerza era oscura, violenta y vengativa. Groff comenzaba a entender las razones por las cuales los magos habían sido castigados por la naturaleza de tal manera.

  • Groff, si quieres huir de aquí, tendrá que ser bajo nuestras reglas, y aquí no peleamos como tú —,  le dijo el mago de la izquierda. Groff solo recordaba su nombre gracias a todas las veces que los magos lo decían. Se aferró completamente a esa palabra, sin entender muy bien su significado, y dejó de comprender lo que le decían. 
  • Si quieres luchar como nosotros, Groff, tienes que ver tu mente —la bruja siseó de tal manera que Groff pensó escuchar a una víbora recitando un encantamiento. —Permíteme ayudarte a ver tu mente, Groff.

Groff alcanzó a ver como la bruja comenzó a levantar su mano como si empujara algo hacia arriba, pero no fue capaz de ver dónde acabó el movimiento: su ojo empezó a girar hacia arriba, giró tanto que su párpado cubrió su campo de visión, giró tanto que Groff comenzó a soltar los gritos más terribles que se habían escuchado en generaciones, y siguió girando. Giró hasta que estuvo completamente volteado y Groff fue capaz de ver los contenidos de su mente; en seco cesaron los gritos y lo que alguna vez fue El Gran Gigante Groff, Protector de los Gigantes y Liberador de los Hombres, cayó al suelo con un golpe seco y torpe, ahogado en la inmensidad de su ego.

Esta historia fue inspirada por la siguiente frase, encontrada en el libro The Forgotten Baasts of Eld, de Patricia A. McKillip:

“The giant Grof was hit in one eye by a stone, and that eye turned inward so that it looked into his mind, and he died of what he saw there”.

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