La cabeza del dragón

Por Bernardo Méndez-Padilla Andrade

Un hombre con monóculo y casco de explorador arribó a una aldea al Suroeste de Francia, cerca de Ascaing. Era un cazador, si un nombre se le tuviese que dar. Su ceño quedaba fruncido ante el ardiente sol que, con su despejado brillo, quemaba los ojos del hombre, su piel y la seca campiña.

Este cazador en aquel entonces tenía por seguro defraudar a los aldeanos de aquel pueblo. «Abundante recompensa, a quién traiga la cabeza del dragón» publicaron en periódicos de otras urbes. El hombre del monóculo se sentía seguro, si estas personas aún creían en dragones ¿Qué tan difícil sería engañarles? 

Eso fue hace 3 días. Ahora el cazador se encontraba escalando una montaña cerca de la aldea con un asistente contratado. La seguridad de los aldeanos acerca del dragón y la terquedad que detuvo su estafa lo llenaron de curiosidad y necesidad por quedarse con la recompensa.

—dime garzón, ¿el dragón ha aterrizado en la plaza que tú recuerdes? — Preguntó el hombre a su recién adquirido asistente, prestando más atención a su arnés que a las palabras de su acompañante. El asistente respondió con humildad; Refiriéndose al hombre como «Monsieur René» y negando la interrogante, agregó que sólo recordaba haberlo visto por el horizonte, pero que los incendios no escaseaban.

—y, si nunca lo han visto cerca ¿Cómo supieron que el cráneo que ofrecí como trofeo, no pertenecía a dicho dragón? — . El asistente empezó a responder ofendido ante la pregunta, pero a René le importaba poco la conversación con un pueblerino supersticioso. Lo único que llegó más allá de sus tímpanos fue algo entre las líneas de «un pastor reconoce cuernos de ganado donde sea» y «esa “taxonomía” era pésima, poniendo dientes de lobo en la barbilla de esa cosa, lo que sea que fuere».

—jajajaja, ¡hipopótamo, garzón! era un hipopótamo— se burló el cazador. — y no sé si taxidermia sea el termino cuando ya no hay piel—.

Los dos alpinistas llegaron a un borde donde paró su ascenso. Una gran caverna se adentraba a la montaña, oscura y siniestra. Una briza salía de la apertura en la roca. Una brisa cálida.

René, acomodando su monóculo, continuaba la conversación. No había ningún verdadero interés por lo que dijese el muchacho que lo acompañaba. —¿sabes? Me costó mucho trabajo cazar ese hipopótamo— decía. —Creí que valdría la pena, con lo poco que conocen del mundo en esta esquina olvidada de los pirineos—René sacó su mosquete, y lo empezó a preparar frente a la cueva.

—Mira la cueva, casi puedo oler azufre dentro, con razón decidieron que este debe ser el antro de la bestia— observó René metiendo la baqueta por la boca de su mosquete. —Si creyese en dragones no me acercaría ni cien metros a una montaña con esto en ella—. 

—Algo hay que les causa los incidentes que relacionan al dragón y les da esa estúpida certeza de cómo es— exclamó René. Quizá contestando a una protesta contra su incredulidad por parte de su ayudante; o quizá contestando a sus propios pensamientos, incapaz de escuchar ya al muchacho. —Descubriré qué es, y si hay posibilidad de llevarme esa recompensa…—. El eco del clic del martillo en el mosquete resonó a través de la caverna.

Mientras se adentraban a la montaña la incomodidad aumentaba. Las estalagmitas eran bajas y achatadas mientras que las estalactitas parecían descender atacantes sobre los que entrasen en la cueva. El aire era pesado y cálido, pero seco. El silencio era interrumpido únicamente por los pasos de los exploradores que se escabullían. —¿será una bestia, o un incendiario, o quizá bandidos? —.

—Buenas tardes, caballeros— dijo una voz áspera y difícil de dilucidar, que rebotaba entre las paredes de la gruta —¿tendrán nombre los señores que me visitan? —. René salto sorprendido. Levantó su mosquete, buscando a otra persona en la sombría cueva. 

—¡¿Quién va?!— gritó René buscando un blanco entre las sombras, que repentinamente se llenaban de una risa vil y nebulosa. —Entras en mi casa con un instrumento de guerra, ¿y te atreves a preguntar mi nombre sin darme el tuyo cuando lo demando? Jajaja la prudencia ha muerto junto con la caballerosidad—.

René se acomodo para cubrir su espalda y poder concentrarse en la voz —Mi nombre es René Ezkarra; si esta es tu casa, eso te haría el supuesto dragón que causa tanto miedo en la aldea ¿no es así? —. La voz tomó un tono más definido, un tono todavía áspero, pero ligeramente femenino —Yo soy el dragón, ¡Yo soy Emmelotte “la vacía”! —. El eco era confuso, y los ojos de René se disparaban de lado a lado buscando el origen de la voz.

—¡Oh, pequeño! mira tus piernas…— dijo Emmelotte. —tiemblan como fideos húmedos. Sé que hay razón para temer, pero no dejes que eso te quite tus modales. Entra, acércate para poder oír tu frágil y temblorosa voz—.

El cazador volteó confundido a sus piernas, firmes plantadas en el suelo —mis piernas no tiemblan ¡mi voz tampoco! —anunció enojado. —Ahora muéstrate, ¡con lo que uses para lograr esta estafa! —. Una risa nerviosa escapó de su boca —dragones ja, claro… ¿cómo se te ocurrió tal ridiculez? —

—¡El único estafador aquí eres tú, René Ezkarra! Si, tus piernas nunca temblaron, pero tu honor ya se retuerce en agonía por los suelos—

—¡¿Hablas de honor sin mostrar la cara cobarde?! ¿Quién te dijo del hipopótamo con cuernos de vaca? —

—yo estoy mostr… ¿Hipopótamo? ¿Qué? ¿De qué habla este imbécil soez?

La cueva cayo en silencio. René estaba por hablar, pero por alguna razón sentía que interrumpía a alguien más. Extraño momento para sentir respeto.

—¿En serio? Que curioso, y hasta algo astuto… ¿Puedo verlo? Lastima.

—¿con quién hablas? — vociferó René —si no sabias del cráneo de dragón que hice ¿Por qué me llamaste estafador? —

—¡JA! A cada momento me pareces peor persona, René Ezkarra ¡Y me encanta! — la voz de Emmelotte era clara y fuerte. —desde que oíste mi voz supe que eras un mentiroso, para con otros y para contigo. Pero, ahora también sé, que no tienes respeto alguno por otros—.

—¡¿De qué hablas Emmelotte?!

—usaste mi nombre… y con esa seguridad ¿Aún no te das cuenta?

René se empezó a tallar los ojos. Veía una especie de mancha borrosa, apareció desde que entro a la cueva, pero hasta ahora no la había notado realmente. Una mancha transparente que con el tiempo se opacó y tomó un color pálido. Después de un momento de tallados y parpadeos René regresó la vista a donde estaba la mancha.

¡Un dragón! No había otra palabra para describir la cosa blanca enfrente de él. Un reptil gigantesco, con escamas blancas y ojos rojizos brillantes, viéndolo cara a cara. Su hocico delgado y fino no podría contener un cráneo como el que René trajo a la aldea. Esos ojos estaban muy unidos al frente y los filosos dientes eran demasiado uniformes… y grandes.

—¡AH! ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué?

—Mira René, ahora sí son tus piernas las que están temblando— dijo el dragón Emmelotte soltándose a reír. —supongo entonces que me puedes ver. Creo que ya podría comerte. Unas ancas de francés tostado, suena sabroso ¿no crees? —una larga lengua se deslizó chasqueando alrededor de la boca del enorme monstruo. 

René salto de la pared y levantó su mosquete, intentando apuntar al dragón —si quieres intentar comerme ¡adelante! Mi puntería nunca falla, sólo quedarás con plomo en el cerebro— René no mentía, pero los nervios al ver un dragón sacudían su rifle por más que intentaba tragarse el miedo.

Emmelotte paró su risa, cayendo a una seriedad escalofriante. —dime René Ezkarra ¿Puede tu bala atravesar dos cabezas? —. Con un movimiento sagaz el dragón mostró su mano derecha. Ahora entre la cabeza de Emmelotte y el mosquete estaba… el muchacho, asustado, cubierto de sudor frío, y temblando lleno de terror. 

Emmelotte movió un dedo, clavando una de sus grandes garras negras en la pierna del chico. El muchacho se sacudió y abrió la boca, como si gritase, pero ningún sonido salía de su boca. —¿Puedes oírlo, cazador? — preguntó Emmelotte a René —¿Puedes tan siquiera percibir un zumbido agudo, o parte del dolor en su rostro? Dime ¿Aún puedes verlo? —.

—¿Qué brujería es esta monstruo?

—Es tu brujería humana, René Ezkarra. Los aldeanos sufren mi dominio porque creen en mí; tú oías mi voz al entrar aquí porque, aunque lo niegues… una parte de ti ya creía en los dragones (por eso te llame estafador). En cambio, este pobre muchacho. — Emmelotte relajó el puño encerrando al chico. —¿Tan siquiera sabes su nombre? No, no creíste en él. Tu incredulidad era diferente a la que tienes de una mentira o… bueno un dragón. Pero, para ti él no era realmente una persona, sólo un animal humano.

René soltó su mosquete y cayó de rodillas, horrorizado, sollozaba ante su vergüenza y pena.

—Por fin entendiste ¿verdad? Este es el poder secreto de los humanos; para ustedes las cosas son solamente en tanto que ustedes creen que son. —las garras sacudieron al muchacho como llamando la atención de René hacia él.

— Imagina René Ezkarra: si hubieses creído un poco más en él, podrías haberlo escuchado gritar advertencias, sentir sus rodillas chasquear de miedo, verlo saltar, en contra de su miedo, intentando empujarte a un lugar seguro. Este pequeño es todo un héroe a mi parecer jeje.

René detuvo su llanto “héroe”; si los monstruos eran reales, los héroes también lo eran. Si lograba darle su arma al muchacho podrían sobrevivir. Empezó a moverse disimuladamente para intentar darle el mosquete a el muchacho; la otra persona en la cueva. Un chillido empezó a sonar en los oídos de René, poco a poco volviéndose una voz humana gritando.

René busco una forma de sacarle platica al dragón, y que no notara sus manos moviéndose—Realmente eres temible y enorme, Emmelotte “la vacía”. Y yo un gusano osado de tan siquiera hablarte. pero, si me permites preguntar ¿si es cierto lo que dices, no nos convendría a los humanos simplemente dejar de creer, abandonar la fantasía? —

—¡Ja! Y dime René Ezkarra, ¿Qué es un humano sin fantasías? ¿Puede ser un individuo? ¿puede alcanzar sus metas? ¿hacer más que arrastrarse por la vida como un bulto de carne? No pueden dejar de creer, por más que quieran. Lo más que pueden hacer es estar en negación, encadenar sus fantasías a lo cotidiano, lo que asumen es la realidad. Sólo aceptando sus sueños al leer o ver una obra de arte, e ignorar sus deseos por aventura, maravilla y compañerismo… Pero ya sabes cómo acaban los que hacen eso ¿no es así? Atrapados, negando hasta sus iguales en su pequeño mundo, solo acompañados de su arrepentimiento, polvo…

—¡y un monstruo demasiado hablador! — exclamó el muchacho, quien ya tenía el arma de fuego en bien sujetada, apuntando directamente al gran ojo colorado del dragón.

Un par de horas después, los dos hombres salieron de la cueva. Sonriendo ante un campo iluminado por un Sol atenuado entre las nubes, templado y tranquilo. —con razón el hipopótamo no funcionó— dijo René a su nuevo amigo, el héroe.

—Sí, supongo que toda la gente creería en los dragones si tuvieran cadáveres normales. —respondió el héroe, sosteniendo una especie de platón de metal.

—Emmelotte “la bacía”, tiene más sentido ahora. Bueno, aprendí mi lección.

—¿Sí? ¿Y cómo describiría esa lección, Monsieur René?

René tomó la bacía, se la puso al muchacho como casco y dijo—Que las cabezas de los dragones deben usarse en la cabeza de uno, al menos de vez en cuando. Ahora andando héroe, seguro hay unos gigantes donde sopla el viento jajaja.

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