La locura en la literatura latinoamericana del siglo XX

Por Emilia Iturbide

Es verdad que a lo largo de la historia, la locura ha sido un motivo al que muy seguido recurren literatos de altos rangos. Sin embargo fue en la posmodernidad cuando comenzó a utilizarse mucho más frecuentemente e incluso podría llegar a decirse que, por su carácter universal, tuvo un impacto más penetrante. La locura puede ser entendida fácilmente por la razón debido a que posee la cualidad de ser un símbolo con lo que todo ser humano puede identificarse a su manera y a su propio modo.

¿Por qué los grandes literatos posmodernidad, en concreto latinoamericanos, vuelven tanto a esta noción? ¿Qué es eso que les llama la atención?

Me centraré en este ensayo en tres obras de autores latinoamericanos del siglo XX: El Túnel de Ernesto Sábato, Sólo vine a llamar por teléfono de Gabriel García Márquez y El Inmortal de Jorge Luis Borges.

En primer lugar, me parece acertado decir que la locura que se encuentra en los personajes principales de estas tres historias, se debe a la época: A lo largo de las obras (no exclusivamente de las que pretendo escribir) de Sábato, Borges y García Márquez, es muy palpable un aire que expresa sutilmente la inclinación personal de cada uno hacia cierto tipo de pensamiento político. Si tenemos en cuenta los años en que vivieron los autores, entendemos el porqué de rellenar páginas con críticas o apoyo a regímenes. 

No cabe duda de que la política latinoamericana del siglo XX estaba profundamente trastornada por ideologías fuertes, extremistas e incluso contradictorias. Además, este fue un siglo en el que a los escritores les encantaba participar de la vida pública y política de su país (y con mucha razón). A la realidad dentro de la cual, como bien describió Nietzsche en su famosa frase “Dios ha muerto”, la humanidad perdió los grandes relatos y junto con ellos la esperanza, se le suma el caos que inevitablemente viene casi cíclicamente con el ser humano.

El desorden de la política en Latinoamérica durante el siglo XX se dio gracias a un cambio en lo que debía significar la producción, esto se vio reflejado en el gobierno. La introducción del socialismo de Marx y Engels, no sólo en las acciones y propuestas políticas como tal, sino en la concepción del pueblo, del Estado y en general de la persona, fueron lo que abrió el camino hacia la transformación del pensamiento que como bien sabemos, siempre se expresa en la cultura a través del arte.

Así, una época de cambio de valores ideológicos, que vinieron seguidos por atrocidades humanas ejercidas en nombre de la justicia o del bien común, y la pérdida de la esperanza en la racionalidad humana como conductora hacia el bien y la felicidad, trajo un problema existencial que es muy notorio en la literatura.

La segunda y más potente razón que encuentro es la facilidad. No quiero acusar a excelentes autores de simpleza, muy por el contrario, me parece que la locura es un elemento tan fácil de insertar como difícil de manejar con precisión. Es fácil de traer a la mesa porque no es algo determinado; la locura tal cual no es un término que signifique algo en concreto, es un espectro que designa falta de racionalidad sin más. Al igual que ocurre con la razón y distinto a trastornos mentales establecidos por la psicología, para la locura no se requiere una lista con cajas por llenar; ni la razón ni la locura son palabras que tenga una fijación concreta y particular en el mundo, pero ambas tienen repercusiones universales en el ser humano que se expresan de manera distinta en la psique de cada uno. Y por eso, ambos términos tienen una fuerza descomunal.

Es por esta cualidad de maleabilidad, que el término “locura” se vuelve tan cómodo tanto para los escritores literarios, como para los lectores que comprenden a medias lo que ésta significa, pero comprenden por completo el sentimiento puro de acercarse un poco o meterse de lleno en el abismo.

Las obras mencionadas antes son ejemplos de cómo la locura, bien colocada, puede traer un elemento de excelencia a la obra. En las tres se observa cómo el personaje principal pierde la cordura, pero en cada una encontramos distintos tipos de locura y distintas maneras de caer en ellas, aunque siempre con los mismo elementos: la pérdida de la razón, el olvido del “yo” y la deformación de las memorias.

Sábato nos otorga a su personaje completamente trastornado desde un inicio: Juan Pablo Castel, el paranoico pintor que, tal parece, se aferra a María para no perderse en el aterrorizante mundo que es su mente. La constante angustia existencial del diálogo interno de Juan Pablo se lee desde la primera página del cuento.

Sin embargo, debido a que la narrativa comienza desde el final, es lógico que para este punto de la historia, Juan Pablo ya se encuentre profundamente alterado. El cuento nos relata la historia de cómo llega Castel a encontrarse en el punto en el que está tras haber conocido, amado y odiado a María hasta finalmente asesinarla. A lo largo del relato, se lee claramente cómo el pintor va cayendo de manera violenta en la locura que es consecuencia de sus propios pensamientos desesperados. Pensamientos que nacen de sus sentimientos violentos y contradictorios hacia María, saltando durante el relato completo desde anhelar pasar su vida con ella, la única persona que lo entendía, a dudar de la fidelidad y el amor que le ofrece ella.

En este caso es muy notoria la deformación de la razón que sufre Castel, quien se adentra por sus propios medios en la locura como consecuencia de su paranoia y de su manía por sobre pensar las cosas.

Por otro lado, García Márquez nos enseña cómo su personaje va cayendo al abismo; María, una mexicana de 27 años que de pronto se encuentra encerrada en un hospital psiquiátrico repitiendo frenéticamente que necesita un teléfono para avisar a su esposo que llegará tarde.

Una escena que me parece crucial porque considero que es el punto de inflexión en la locura de María, es cuando tiene en sus manos un teléfono. En lugar de usarlo a su favor gasta una broma al hombre que está del otro lado, sin embargo, rápidamente comprende que es su oportunidad para escapar y sólo entonces decide hacer su llamada. 

Me parece importante esta escena porque es en realidad el único momento del cuento en el que María puede ser propiamente catalogada por el lector como “loca”. Es un segundo el que el autor nos permite atisbar que, al estar encerrada en un hospital psiquiátrico, se ha rendido a la locura. Mi lectura es que, tras varios meses de convivir con las reclusas del hospital, quienes al parecer sí tenían trastornos mentales, María como método de defensa comienza a creerse igual a ellas. Esto demuestra cómo la realidad experimentada forma los comportamientos de una persona. María en realidad no pertenecía a dicha realidad, sin embargo, al pasar tanto tiempo ahí, su razón poco a poco se fue acoplando al entorno del hospital hasta que las memorias de su propia realidad se desdibujaron de su mente, cayendo así en el olvido de su persona.

Por último, Borges nos lleva al viaje que el mismo personaje ejecuta para llegar a su destino; la locura por el olvido de la propia identidad. En este caso se nos presenta un hombre que dice ser un soldado romano llamado Flavio, quien se introduce en una aventura por la búsqueda de la vida eterna y la encuentra, sólo para desear ser mortal otra vez. Al final del cuento, no quedan explícitas todas las identidades que este personaje adoptó en su larga existencia, sin embargo, se asume que pasó de ser un individuo a convertirse en todos los hombres por el hecho de haber experimentado todo lo que la humanidad occidental ha experimentado en conjunto.

En este personaje se observa un tipo de locura que nace de la inmortalidad. Es interesante la transición que sufre la noción de la vida eterna al pasar de ser una condición una vez tan deseada hasta ser repulsiva y odiada. 

Así, este hombre pierde la noción innata del “yo”, la cual es instrumento primordial en la generación y manutención de memorias. En este caso, primero viene la pérdida de la memoria, y después la deformación de la autoconcepción del individuo. 

Esta locura es más bien delicada porque no es un arrebato violento que trae consigo angustia como la de Castel o la de María, sino que es un proceso lento que poco a poco carcome silenciosamente la razón, deformándola e insertando recuerdos falsos o confusos hasta borrar la imagen que el hombre en cuestión tiene de sí mismo, causando la pérdida de la autoconcepción o del “yo”. 

Entonces, es evidente que la locura es en realidad algo innato al hombre porque es el extremo opuesto de la racionalidad. Al descuidar los pensamientos acerca de la realidad que le rodea, el hombre tiende naturalmente hacia la locura. Los tres cuentos mencionados nos enseñan dos maneras distintas de perder la cordura; sumergirse en los propios pensamientos u olvidarse. Dos acciones de la consciencia que van en direcciones opuestas (el primero se pierde en el interior de la consciencia, mientras que el segundo se pierde en la realidad exterior). Sin embargo, el destino de ambas es el mismo. Estos son los caminos de un alma que cae en la indeterminación de la irracionalidad.

Así, regresando a las dos razones por las cuales se hace uso de esta noción; el contexto histórico político caótico y la facilidad de su uso, podemos esclarecer la necesidad de tocar el tema de la locura en una época que implora regresar a la estabilidad que trae la razón al hombre.

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