Materia

Por Arantza Fernández

Yo quise ser como quisieron que yo fuese:

un intento de vida,

un juego al escondite con mi ser.

Julia de Burgos

Veo un brazo: flaco, largo, pálido.

Pálida sangre se abre paso a través de boscosas venas,

venas que decantan en una clavícula de seda, 

 la seda permea un cuello nebuloso como árbol.

 

El árbol se ramifica y marchita cuando llega 

a una quijada de corteza diáfana, mentón de gracia,

y la gracia sucumbe en un ojo,

y ese ojo alumbra una brizna de rayo,

 

y el rayo dorado cae a chorros, enmarca el rostro,

entero, eterno, enérgico, 

que atesora antiguas facciones,

 

facciones que son mías por fuerza del azahar,

azar que perfuma un cuerpo,

cuerpo que algún día tendrá que callar.

 

Siento mi pecho: infantil, frágil, carnoso,

carnoso como el vientre que le sucede,

vientre acurrucado entre las caderas,

caderas de las que florecen unas piernas.

 

Las piernas desnudas enclaustran un sexo,

sexo que esconde el secreto de la nada,

la nada como el desierto de mi espalda,

espalda pequeña como cuarenta noches en el tiempo.

 

Este tiempo que yace en este rostro, en este sexo.

Tiempo que nevará mi primavera.

Tiempo para ser este cuerpo.

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